Publicado por: MontePituco | 28/06/2017

‘PROHIBIDO BUSCAR’, POR RODRIGO COTA

Diario, 25 xuño 2017

Prohibido buscar

Domingo 25 de Junio de 2017

TENEMOS EN Galiza miles de petroglifos catalogados y raro es el mes en el que no aparece alguno nuevo. Tenemos también una legión de cazadores de arte rupestre, aficionados a la historia de nuestro país. Es probable que usted sea uno de ellos. Pues sepa que si encuentra un petroglifo puede usted recibir una sanción de entre 600 y 6.000 euros. La Ley de Patrimonio Cultural prohíbe buscar petroglifos o cualquier otro resto arqueológico, lo cual es una soberana tontería. Se entiende la prohibición cuando uno se pone a excavar sin permiso, pero lo que la ley dice en el primer apartado del artículo 95, donde se definen las clases de actividades arqueológicas, es que la prospección, entendida como la exploración superficial y sistemática sin remoción de tierras, abarca la observación y el reconocimiento de la superficie. Luego, en el artículo siguiente se dice que eso está prohibido. Es decir, que no se puede observar ni reconocer la superficie, aunque sea sin tocarla.

O sea que si le sorprenden a usted mirando fijamente una piedra, pueden sospechar que está buscando petroglifos y ponerle una multa. Qué tendrá de malo buscar petroglifos, digo yo. La misma normativa contempla el descubrimiento casual y obliga a notificarlo. Lo más recomendable, si es usted un aficionado a la búsqueda de petroglifos, o castros, o foxos de lobos, o mámoas, pedrafitas y cualquier otro resto arqueológico, es que si encuentra algo y quiere que se catalogue, lo notifique a Patrimonio más o menos así: “Queridos señores y queridas señoras de Patrimonio. Paseaba yo el otro día por el monte con mi perro Golfo buscando cogumelos. Miraba al suelo, apartando la vista de todo aquello que no fuera un cogumelo, temeroso de que alguien me viera por allí e imaginase erróneamente que lo que en realidad buscaba fuese arte rupestre. ¡Nada más lejos de mi intención, damas y caballeros! ¡Jamás haría semejante estupidez! Conozco las leyes y las respeto. Sin embargo, ocurrió algo: inesperadamente, el idiota de Golfo se tropezó conmigo y yo con él. Ambos caímos al suelo. Creo que permanecí inconsciente durante unos minutos, acaso media hora. Al abrir los ojos, aturdido, me pareció ver una roca. Inmediatamente la saqué de mi vista, pero debo confesar que tuve tiempo de apreciar, grabada sobre su superficie, lo que sin duda era la figura de un ciervo, y junto a ella, unas formas circulares que yo, desde mi supina ignorancia, definiría como concéntricas. Fue una desgraciada casualidad. Lo primero que hice fue moler a palos a Golfo, responsable último de que yo encontrara un petroglifo. Inmediatamente después, y ya que la cosa no tenía remedio, me dirigí a casa corriendo para notificarles el azaroso hallazgo, tal como es mi deber. Adjunto un archivo con las coordenadas. Obviamente, no envío fotos, que no las tomé porque la legislación también prohíbe documentar gráficamente los hallazgos. Pido disculpas por haber encontrado un petroglifo sin su permiso y prometo no salir nunca jamás a la búsqueda del cogumelo, pues esta penosa experiencia me ha demostrado que pasear por el monte puede tener consecuencias nefastas. Sin más, ¡oh, amados dioses!, pido indulgencia y me arrodillo ante vuesas mercedes para besar sus hercúleos pies”.

La búsqueda de restos arqueológicos en superficie debiera ser alentada, nunca prohibida. Luego llega un alcalde, manda limpiar un camino, envía a una brigada que destroza un petroglifo con una desbrozadora y no pasa nada de nada, pero si usted decide dedicar una tarde a pasear por el monte buscando restos arqueológicos, se juega una multa. ¿En qué país vivimos? En Galiza, dirá usted. Pues sí.

Tampoco pasa nada si usted quiere llegar a un castro excavado y catalogado y se encuentra con que no existe ya el acceso porque el camino lleva años sin limpiarse y la vegetación se lo ha tragado, lo que de paso sirve para que un día el fuego destruya todo el yacimiento. Ahí no hay sanciones ni responsables, pero sí los hay si alguien decide darse un paseo buscando restos pretéritos. La mayoría de nuestro patrimonio arqueológico fue encontrado por aficionados: ingenieros, periodistas, albañiles, abogados y labriegos, amantes de nuestro país que dedicaban el tiempo libre a catalogar la historia. Hoy, los responsables de gestionar nuestro patrimonio utilizan las expediciones de aquellos pioneros autodidactas, sus trabajos y sus documentos gráficos para dárselas de expertos y exhibir sus conocimientos y sus descubrimientos. Sin esos aficionados, el patrimonio arqueológico de Galiza seguiría inexplorado. Hoy, cada uno de aquellos grandes estudiosos recibiría un feixe de sanciones por pasear por un monte escudriñando nuestra historia.

Yo pondría al frente de Patrimonio a un aficionado y mandaría ajusticiar a toda la caterva de técnicos que desde un despacho pierden el tiempo en prohibir o dificultar el conocimiento y la exploración, en lugar de salir a buscar y a divulgar. Más les valdría dedicar su tiempo a algo valioso, como enseñar a cualquier gallego a encontrar un petroglifo. Hay algo que nos define: la prohibición de mirar a nuestra tierra preguntándonos de dónde venimos. Eso nos convierte en un pueblo de ciegos forzosos, obligados a ignorarnos a nosotros mismos, a nuestros ancestros y a nuestra historia. Si no nos dejan encontrar el pasado, difícilmente podremos enorgullecernos de lo que somos. Luego pasa lo que pasa.


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